Mi Palabra Vale

"Mi palabra vale" es un proyecto de la asignatura Lengua y Literatura de Sexto Año. Nuestros estudiantes redactan textos de opinión de temática libre observando la estructura y las estrategias propias de la argumentación y eligen aquellos que finalmente serán difundidos.

Máscaras a flor de piel (María Paula Bircher Ruatta - 6°A)

Muy a menudo nos vemos forzados a ocultar nuestras emociones, a esconder lo que sentimos bajo una máscara.

No podemos estar exageradamente felices porque eso sería egoísta para las personas que están pasando un mal momento; no podemos dejar que nuestra tristeza o el enojo hagan presencia en nosotros porque significa que queremos llamar la atención o estamos siendo muy exagerados; o peor, no podemos demostrar lo mucho que sentimos por alguien porque eso nos hace ver débiles y vulnerables.
Creo que no hace falta definirlo, pero por si acaso, reprimir las emociones es ese hábito de ocultarlas, negarlas, guardárselas y no expresarlas. Y esto, casualmente, se fue convirtiendo en una norma social. ¿Alguna vez te dijiste a vos mismo “No, no puedo llorar por esto, es una pavada”? O cuando alguien te pregunta si estás bien y vos, claramente no estándolo, respondes que sí, que todo está bien. Eso es reprimir una emoción. Y déjame decirte que toda esa acumulación que evitás que los demás vean en vos, todo ese sufrimiento emocional que se mantiene silenciado, afecta tanto a la salud mental como al bienestar físico.
Mucha gente suele decir: “Es que yo soy así, no me sale demostrar lo que siento”, pero para mí, no es más ni menos que un fantasma que acecha desde el pasado.
La represión de emociones aparece, principalmente, durante la infancia. Es por eso que todo niño que esté en el proceso de aprender a gestionar sus emociones debe ser correctamente educado, y más que todo a esa edad.
Estoy segura de que, por no decir todos, la mayoría de niños en el mundo son criados en sus casas para no llorar o “hacer un berrinche” cuando sus padres, por ejemplo, no les cumplen un capricho. ¿Cuántas veces viste, en cualquier lugar, que una madre le decía a su hijo “no llores que la gente te mira”, retándolo, e incluso, pegándole? Muchas, ¿no? De ahí a que el niño aprenda, de mala manera, a no llorar cuando algo le molesta.
Yo sé que pensarás que los berrinches son debido a algo absurdo, que los niños lloran por pavadas. Pero esa es la forma que ellos conocen para expresar sus sentimientos, por lo tanto, según las neurociencias, la función de los adultos es acompañar a sus hijos durante el berrinche. No humillarlos, ni ignorarlos o tratar de calmarlos diciéndoles que no lloren (que es lo que hace la mayoría de adultos), sino entender su tristeza o enojo.
De este modo, que la infancia venga acompañada de la represión de emociones, a la larga, tiene muchas consecuencias. La ansiedad, la depresión y el estrés son algunas. Pero a medida que el niño crece, aparecen los problemas con las relaciones sociales, ya que, al no poder transmitir sus sentimientos de manera adecuada, se le complica al momento de entablar conversaciones con otras personas. Provoca, dependiendo del tiempo que se lleva ignorando las emociones, dificultades para saber gestionarlas posteriormente o sacarlas a la superficie.
A veces, es como una olla a presión, mantener el vapor acumulado durante mucho tiempo puede causar una explosión, un escape violento con consecuencias perjudiciales. Acumular tanto las emociones, no permitirse sentir, mantener guardado todo lo que uno desea liberar, finalmente termina por generar tanta presión que se manifiesta en un colapso emocional acompañado de una ira intensa y descontrolada.
Según la doctora española, Estrella Flores-Carretero, “la inteligencia emocional para padres es una herramienta fundamental para crear familias más sanas. Poder entablar relaciones desde el entendimiento y la escucha empática con los niños desde muy temprana edad, es un empuje para la formación de adultos felices.” Es decir, cuando los padres educan a sus hijos de una manera en la que no les eviten desprender sus emociones, estos niños son mucho más propensos a saber manejarlas en el futuro, lo que, en mi opinión, los llevaría a vivir una vida más fácil.
Mi consejo es, para los padres, sean primerizos o no, incluso si sus hijos ya son adultos, aprendan a entenderlos, a educarlos de manera correcta desde su infancia en cuanto a su salud mental, asistan a terapia si es necesario, pero no permitan que sus hijos se repriman de esa forma y se prohíban sentir. Y sobre todo, para los adolescentes, desborden de alegría, sientan su tristeza sin culpabilidad ni miedo, lloren si es necesario y si no lo es, también. Permítanse enojarse si algo los molesta, demuestren cuánto quieren a una persona sin miedo a verse vulnerables o intensos. La vida es mucho más bonita con los sentimientos a flor de piel.

 

 | Escuela Dr. Dalmacio Vélez Sársfield
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